Aylan y Samuel en la memoria

FOTO DE PORTADA CEDIDA POR SARA CANTOS

En días determinados, generalmente con viento de poniente, el Estrecho de Gibraltar se muestra, si cabe, aun más angosto y cercano. Desde la sinuosa y peligrosa N-340 entre Tarifa y Algeciras, las vistas de Marruecos son sencillamente espectaculares y, tirando de tópico, parece que podemos tocar el país vecino con tan sólo estirar la mano. En el lado opuesto la visión es bien distinta, y no me estoy refiriendo ahora a la imagen de postal, que seguramente sí que lo es, sino al final del camino emprendido por muchos migrantes por alcanzar el llamado mundo civilizado, dejando atrás penurias, guerras y hambrunas. La muerte para ellos en la travesía es una opción pero ¿qué les queda por perder en su tierra? Seguramente nada.

Acaban de cumplirse dos años de una foto que removió conciencias en toda Europa, la del pequeño de tres años Aylan, muerto, en la orilla de una playa turca. Los dirigentes europeos, ante la ola de indignación surgida tras esa instantánea, hicieron lo que se esperaba de ellos: condenar los hechos, convocar reuniones del máximo nivel, acordar grandes medidas para dar acogida a la incesante ola de refugiados que huían de la guerra de Siria, principalmente y, veinticuatro meses después… ¿qué queda de eso? Poco, o nada. Palabras, palabras, palabras, como dijo Hamlet.

Los periodistas gaditanos Sara Cantos y José Manuel Sánchez Hachero viajaron hasta  la zona caliente en el momento de mayor actividad, reflejando su trabajo en una interesante exposición fotográfica itinerante llamada ‘Entre Fronteras. El drama de los refugiados’. La imagen principal de este artículo corresponde a ese viaje y ha sido cedida por los autores, gesto que agradezco.

Niña sentada junto a la neumática con la que alcanzó tierra
Una niña siria recién llegada a la costa de Lesbos en noviembre de 2015 juega con sus peluches delante de la balsa en la que viajó. CEDIDA POR SARA CANTOS

Save the Children organizó el pasado fin de semana un acto en el que homenajeó al pequeño Aylan, recordando además a los otros 500 niños fallecidos en su intento por alcanzar las costas europeas, según datos de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM). En el enlace anterior hay datos muy relevantes que hablan del desatre europeo a nivel humanitario.

El porcentaje de refugiados acogidos es mínimo, y desde la UE ya hay quien apunta en un cambio en la manera de actuar; en vez de acoger, establecer campos de refugiados para determinar con posterioridad quien puede llegar a Europa y quien no, algo en lo que, sin duda, tienen mucho que ver los atentados perpetrados por musulmanes en distintos países, entre ellos el nuestro.

Lejos de allí, en el Estrecho de Gibraltar, el flujo de migrantes no cesa. Casi mil personas fueron rescatadas el pasado mes de agosto por efectivos de Salvamento Marítimo y la Guardia Civil. Las autoridades políticas nos quieren venden estas cifras como algo positivo por la respuesta de los efectivos de salvamento ante la llegada de pateras, si bien más les valdría preocuparse por acondicionar lugares adecuados para albergarlos y en buscar soluciones para que estas personas no tengan la necesidad de jugarse la vida en una peligrosa travesía en embarcaciones prácticamente de juguete.

Samuel, el Aylan español

El pasado mes de enero, la imagen de Aylan estuvo a punto de repetirse en la playa barbateña de Mangueta. En este caso no hubo foto, o al menos no se ha hecho pública, pero sí hubo un niño fallecido, atrapado entre las rocas de un litoral repleto de turistas durante los meses de verano. Laura Garófano y Leyre Iglesias narran la historia de Samuel en un artículo, premiado este año con mención especial en el  XV Premio Cádiz de Periodismo, organizado por la Asociación de la Prensa de Cádiz. A pesar de los intentos de que esta historia no trascendiera, resultó imposible ocultarla.

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En esta zona de la playa de Mangueta, cercana al faro de Trafalgar, apareció el cadáver del pequeño Samuel el pasado mes de enero.

Dos años después de la muerte de Aylan el drama de los refugiados y de los migrantes sigue sin un avance que permita creer en una pronta mejora de la situación. Las palabras y los acuerdos de los políticos europeos siguen el pausado ritmo que ellos mismos marcan, así que el futuro no es esperanzador. La guerra en Siria continúa, los mismos problemas persisten en otros países y zonas de Asia y África, y día tras día seguiremos recibiendo noticias de la llegada de nuevas pateras a Cádiz y de naufragios en el Mediterráneo.

En España seguimos más preocupados por saber si silbarán a un jugador en un estadio de fútbol, o en buscar retorcidas explicaciones para justificar lo injustificable. Pero la realidad es que muchos trabajadores y voluntarios anónimos siguen esforzándose por evitar estas tragedias y acoger a los que llegan haciéndoles el trance mucho más llevadero. El dolor no cesa. Pero los que tienen competencias en el asunto deberían ponerse a trabajar y, al menos, cumplir con lo acordado hace dos años. Es lo menos que pueden hacer.

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